1. Caramelos.

    Todos esperan algo bueno de mí, que no sea un cretino, que no sea un perro triste y mecánico como el resto de los perros que reproducen clichés en las faldas de las perras, pero nadie nos advierte sobre la indulgencia de las mujeres, sobre sus miradas que, así como pueden hacernos el día, también nos fastidian la noche, igual, nadie nos advierte sobre las falsas esperanzas del porno, sobre los caramelos rancios o los corazones rotos, sobre los taxis piratas o las tristes, tristes paradojas.

    A nadie le importa un carajo ser aceptado por una sociedad a la que le parece divertido el reír de otros.

    Ya no quiero seguir con el hambre de amor, hundiendo el desconsuelo en humo filtrado por colillas y el suplicio de cabeza que provoca ese desgraciado, ese humo que se disfraza de elegancia, mientras nos vuelve, en cada inhalación, seres decadentes, seres deteriorados, igual, nadie nos advierte de los sueños destrozados  o de los piquetes de mosquito, de esos que son un verdadero calvario.

     


  2. Umbral

    Se observó a sí mismo, desde fuera de alguna ventana, como si hubiera sido reemplazado. No había antes, no había recuerdos que seguir, no había escenario.

    Sólo una monotonía, nada interesante para él, quien veía cómo su identidad era arrebatada por el albedrío de otro individuo, uno que jamás conoció y si lo hizo sería alguien inmemorable, sobre todo para alguien como Agustín.

    Era como ver un partido de futbol por televisión, ser un simple espectador, como ver una película de Tim Burton: Una eterna tortura. Pudo ver al extremo contrario de aquél cuarto frío, cómo un champe igualito a él se recostaba en su sillón de pensar, mientras escuchaba su álbum favorito, y hacía la tarea jamás hecha por él mismo.

    Se sentía en paz, sin hambre, sin sueño, sin preocupaciones ¿Estaría muerto?

    No había terminado de pronunciar la pregunta en su cabeza cuando escuchó una voz herida y confusa que dijo: No me imagino que hubiera pasado si Agustín no lo lograba.

    Era una voz muy familiar, pero no pudo recordar a quién le pertenecía. Quiso mirar su reloj, buscándolo para sentirse real, tocando sus bolsillos para encontrar su teléfono e intentar actualizarse, no había nada en ellos, ni siquiera unos pesos para despertar e irse a casa, como lo hubiera hecho cualquier sábado por la mañana, después de “Una noche de rocanrol” y de haber dormido en una cama ajena, aunque los tuviera, no quedaban migas que seguir en aquel bosque infinito. No podía, simplemente cerrar los ojos y recordar su cuarto volteado de cabeza, despertando, a la intemperie de una casa abandonada y con sábanas más sucias que el mismo ambiente, casi ahogado, en un mar de saliva.

    Las voces continuaban, “Es una verdadera pena lo de Agustín, cómo lo extraño” esta vez reconoció la expresión de su hermana, no por su voz, sino por el sabor de sus lágrimas y el olor a lástima que sentía mientras vagaba en un pasillo infinito, para entrar y salir de las puertas, una tras otra, tal como lo haría el viejo Scooby-Doo, persiguiendo al conejo. Realmente estaba confundido. Se preguntó en voz alta, sin poder escucharse: ¿Habrán pegado carteles sobre mí, buscándome, los habrán pegado en los postes de la ciudad, con una foto reciente de mí?

    Cerraba los ojos y aparecía mirando su cuerpo, que yacía en una cama de hospital, moribundo, no tenía intenciones de alterar la realidad de sus amigos, tampoco le importaba si regresaría a dormir tranquilo, en su colchón de cenizas.

    No sabía por qué, pero sentía que era hora de regresar, semejante a las lagartijas, que salen a tomar el sol y ejercitarse un poco, para después, regresar a su roca, ocultarse y esperar, esperar el momento del día en el que vuelven a salir a tomar el sol. Tal vez se cansan de repetir aquella inquietante rutina, quizá, por ello deciden cruzar la calle: Para llegar al otro lado, arriesgando el pellejo o sacrificándose por el cambio. Podrá ser una muerte cruel, y al mismo tiempo bellísima, pero a fin de cuentas es sólo muerte.

    Había estado el tiempo suficiente en aquel lugar más solo que el mismo Llanero solitario, pues Agustín no tenía un fiel corcel que lo acompañara a enmendar injusticias.

    “La muerte está sobrevalorada” escuchó Agustín y sorprendido reconocía la voz de su mejor, y tal vez, único amigo.

    En aquél momento se abrió detrás de aquella inmensa oscuridad, una puerta que procuraba un espacio en el infinito.

    Había pasado meses en el hospital, rodeado de conocidos, semana a semana la sala se vaciaba, mientras yo me quedaba más atrapado dentro de esa encrucijada donde no había nombres de calles colgando en lo alto de los postes o estrellas que me guiaran de regreso a mi entrañable hogar. Donde el tiempo no contaba porque los relojes no existen de este lado.

    Todos olvidamos cosas, es parte del ciclo natural, de todo lo que nos ocurre, pero cuando es de ti de quien se olvidan, se vuelve una pena indescriptible, similar a vivir un mal día eternamente, sin poder hacer algo al respecto, sin poder cambiar tus decisiones o elecciones, sin esa oportunidad.

    Tal vez sea la oruga que se convierte en mariposa, preparándose toda su vida como tal para volar y conocer los cielos. ¿Qué habrán hecho con mis cosas? ¿Las habrían vendido como pan frio y conservado por días? ¿Quién querría comprar mis cosas? Todas mis posesiones, juntas no valen ni un caracol. Pero me pertenecían porque les tenía cariño, mataría por escuchar alguno de mis discos, o no.

    Me encantaría regresar si es que estoy muerto, tan sólo a escuchar The Velvet Underground, mientras leo cualquier libro de mi infancia en la sala de mis abuelos, tomando chocolate y esperando la cena de navidad, sólo una vez más.

    Esta vez cerró los ojos, y mientras cruzaba la puerta, arrojándola en el espacio, desorientado, en un llano infinito con un espectro de luz tan alto que era imposible imaginarlo, un lugar apartado de todo contacto físico espiritual con una sola sombra, la de Agustín elevándose, se cuestionaba sobre el inminente fin de su existencia. Él sabe que no será la última ocasión que perecerá, porque morimos dos veces: Una vez, cuando dejamos de respirar, y una segunda ocasión, poco después, cuando alguien dice nuestro nombre por última vez.

     


  3. Lluviosa.

    image

    Lluviosa: Tarde de invierno; Ruidosa: Tarde de Punk; Monótona: Tarde.

    Te veo escribir como si hubieran pasado meses sin leerte. Espera, han pasado meses.

    Veintidós días para ser exactos, desde el último día que te vi, tal vez leyendo, tal vez riendo. No me acuerdo, porque siempre pareces divertirte a tu alrededor, cuando debería ser mi rededor el que se divierte contigo.

    Podría apostar a que ni siquiera te diviertes tanto, no como yo creo que lo haces. Pero a mí no me gusta apostar. Si ganas una es porque sabes que ganarás, y si pierdes sólo eres un perdedor. Eso es tomar ventaja, como cuando eructé en el mismo pasillo en que desfilabas y tú sólo reíste, para hacerme sentir menos patético. Pero no es mi culpa que el refresco tenga más efectos sobre mi estómago que mi presencia sobre tus inocentes miradas. Camina, será mejor así, aléjate mientras puedas, no vayas a pensar que me gustas o que algún día escribiré “El guion de película” dedicándotelo, porque no es así. Porque eso sería raro.

    Tan raro que no podría explicar por qué lo hago. Tan raro como tener una razón para mentirnos y decirnos: “Uy, Los Reyes Magos no existen. Tal vez existieron, pero ya no existen”.

    Será mejor así, seguir viviendo en la cuestión de la mentira, espero que jamás sepa quién eres en realidad. Tal vez me estoy condenando, pero no me importa. La inocencia quedó atrás, cuando decidiste que te veías tan bien actuando, sólo en sueños, porque eso es lo que te gusta hacer: Actuar.

    Tal vez nunca leerás esto, tampoco sé si quiero que lo leas, pero no me importa, porque si lo haces será como descubrir el secreto de Los Reyes Magos. Y eso sería raro.

     

     


  4. Día de…

    image

    Mi inspiración es un cigarrillo encendido y una rola de rock psicodélico que dice: “Absolutamente nada”.

    Porque eso es lo que soy: Absolutamente nada.

    En estos días en que se respira muerte, cempasúchil y un poco de copal. La única cosa que me preocupa es no tirar cenizas en mi pantalón y cómo se vera mi peinado. Toda esa inspiración se mueve tan rápido. Como esas nubes navegando a la altura de las olas, mientras la sonrisa de aquella hembra me masturba la mente. Alguien que nunca sabrá pero si supiera simplemente no me lo creería, porque en estos días no se cree en nada. Ni siquiera en un disfraz, ni siquiera en la bondad y mucho menos en la verdad. Porque hoy eres tú, mi única verdad.

    Las noches de esta semana han sido contadas, más allá de lo que el tiempo puede medir. Porque ya no medimos las horas, medimos lo aprendido; siempre y cuando no hayamos pedido la enseñanza.

    Cada experiencia que nos mueve un poco la mollera, es perfecta, es magníficamente estúpida, porque las crónicas de ‘Drogas, Sexo y Rock & Roll’ sólo nos agitan con un propósito, sólo arrojan un resultado: Neuronas muertas.

    Al final del día no recordamos mucho, un fuerte dolor de estómago, y una jaqueca especial, pero a quién carajos le importa si al final nos preguntaremos si debíamos correr a esa velocidad en la que el mundo gira y nos enreda en su estrepitosa carrera.

    Los ancestros nos advierten con regresar. Porque ellos lo saben, pero jamás lo dicen.

    Sólo se vive una vez.